Para mentes y estómagos fuertes. Carcajadas de terror

Se publica «A la caza de la mujer», donde el escritor norteamericano continúa repasando su vida, como ya hizo en «Mis rincones oscuros»

Si una imagen dice más que mil palabras, una fotografía de James Ellroy dice más que cien mil palabras: imponente, aerodinámicamente calvo, perro que ladra pero, también, muerde. Y es que quien se autobautizó como Demon Dog es cosa seria. Y tan divertido. Y pocas veces Ellroy ha sido tan divertido (calificativo ambiguo si lo hay) como en A la caza de la mujer: parte confesión, parte diatriba, parte humilde mea culpa y parte soberbio ¡toma ya! Incontestable evidencia tanto para los que lo tachan de monstruo como para quienes (me incluyo) lo consideran una de los más potentes narradores y estilistas en las letras norteamericanas de hoy.

Porque aquí dentro –cautela– acecha un Ellroy con todos sus tics, gracias, bestialidades y aullidos que lo convierten, también, en uno de los autores más políticamente incorrectos. A saber, ya saben: ultraviolencia, prosa de ametralladora, misoginia, perversiones, y un amor propio que supera a la desenfrenada pasión que Cassius «Ali» Clay supo sentir por sí mismo.

 

A la caza de la mujer pone el foco en la vida sentimental de Ellroy. Y está claro que Ellroy (Los Ángeles, 1948) sigue siendo un casi recién nacido en asuntos del corazón. Es decir: usa y descarta a las mujeres como si fuesen juguetes rotos pero, también, rompe a llorar cuando se cruza con alguna pelirroja que le explica lo de «cazador cazado». Novias, prostitutas, compañeras de juergas, amantes, esposas ajenas, desplegables de Playboy, ropa interior femenina robada y fotos de la mezzosoprano de melena escarlata Anne Sofie von Otter. Ellroy las evoca sin ira pero mostrando los dientes. Pero a todo perro por más demoníaco que sea le llega su día y encuentra la horma de su zapato en una mujer que zapatea sobre su cuerpo y alma y lo deja a punto de manicomio. Porque A la caza de la mujer –con interesantes tramos en los que se nos explica cómo se forma o se deforma un/este escritor– empieza leyéndose como el diario de una obsesión con las hembras pero, finalmente, la única obsesión posible es la que el autor siente por su leyenda. Motivos no le faltan, ni orgullo, y así suena como Freddy Krueger cantando I’m Your Man, de Leonard Cohen.

«Blues» a la luna

Y nos gusta leer al Demon Dog con su cola entre las patas y sollozando sus blues a la luna. Pero dura poco. Los últimos capítulos encuentran a Ellroy otra vez feliz, en (otra) pareja, aunque sabiendo que sus días como esposo están más o menos contados. Porque Ellroy admite que el fantasma de mamá nunca lo dejará del todo en paz y que estarán unidos hasta que la muerte los separe. Y, sí, ya anuncia novela protagonizada por ya se imaginan quién. Una pista: es pelirroja y tuvo un hijo que, cuando creció, no dejó de describirla y escribirla, de amarla y odiarla.

Mientras tanto y hasta entonces, A la caza de la mujer como manual de instrucciones y advertencias (de cómo el hombre de tus sueños puede resultar el hombre de tus pesadillas) para futuras Mrs. Ellroy. Y, por las dudas, que se cuide mucho esa voluptuosa actriz pelirroja que pasea bamboleando trasero en Mad Men: Ellroy está suelto.

Para nosotros, A la caza de la mujer es la excusa perfecta para –leyéndolo en lugares públicos– los desconocidos se pregunten qué es lo que nos arranca esas carcajadas de terror. La respuesta –un nombre dice más que mil acciones– es James Ellroy.

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