“Crímenes exquisitos” de Vicente Garrido y Nieves Abarca

¿Eres un apasionado del arte? ¿Te encantan las novelas policiacas? Pero, sobre todo, la pregunta esencial es: ¿Te gusta la buena literatura?

Si reúnes estas tres condiciones sine qua non¸ te traemos una novedad que va a volar de las estanterías de las librerías más conocidas del país: Crímenes Exquisitos de Vicente Garrido y Nieves Abarca. Ediciones Versátil nos ha brindado la oportunidad de disfrutar del exquisito, y nunca mejor dicho, thriller que saldrá a la venta el 23 de enero y del que ya podéis disfrutar de un fragmento y de su book-trailer en la página de la editorial.

“Crímenes exquisitos” narra la historia del peculiar crimen de Lidia Naveira, una joven gallega que desaparece una mañana de junio antes de ir a clase. A simple vista, una historia de un asesinato como otro cualquiera. Pero no es así: la pelirroja aparece vestida de novia, ramo de flores –y qué flores- incluido, flotando en las aguas del parque de Eirís. Pálida, como la nieve recién caída, Lidia evoca algo, pero ¿qué? Javier Sanjuán, criminólogo reputado, dará con la clave nada más ver las fotos que la inspectora que se encarga del caso, la joven Valentina Negro, le enseña tras una conferencia: el asesino, al que apodarán más tarde “el Artista”, ha recreado una famosa obra de arte del siglo XIX, la Ofelia de John-Everett Millais.Vicente Garrido y Nieves Abarca nos narran con fluidez los descubrimientos que van haciendo los policías. En la vida real, este tipo de acontecimientos ocurren a toda velocidad, muchas veces a contrarreloj, y los escritores consiguen acelerarnos el corazón con ese ritmo apresurado y dinámico que deben de llevar los latidos de los policías en la vida real. Nos colamos en las reuniones de los investigadores del caso, café en mano, investigamos sin querer con ellos y maldecimos la ausencia de pistas que el asesino ha dejado como seña de identidad. En definitiva: nos hacemos cómplices de esa inspectora que ha dejado de vivir, en parte, su vida para descubrir por qué mataron a Lidia, dechado de virtudes. Sospechamos, indagamos, descubrimos, nos alegramos de lo que descubrimos y nos decepcionamos cuando nos damos cuenta de que hemos tomado el camino erróneo. Sin embargo, al mismo tiempo (y, en mi humilde opinión, creo que ahí reside el encanto de esta novela) nos convertimos en el asesino para intentar vislumbrar los mecanismos de un crimen tan complejo, lejos del alcance de cualquier asesino cuyo único objetivo sería matar sin motivo.

Esta trama, además, se ve salpicada de otras pequeñas tramas tejidas de una manera magistral que se convertirán en grandes pistas a la hora de resolver el asesinato. Un empresario corrupto, su secretario y otros crímenes en Londres pondrán a nuestros protagonistas diversos obstáculos que sortearán, no sin dificultad, aproximándose más y más a la mente perversa del asesino que les desafía allá donde vayan. Mente perversa que podremos analizar si así lo deseamos, puesto que los autores tratan los acontecimientos desde diferentes puntos de vista situando al lector en una posición privilegiada para que sea él mismo el que investigue, el que ate y desate cabos. O, si así lo quiere, el asesino, porque ya sabemos esa virtud que tiene la literatura y que hace de ella magia: la catarsis y la capacidad de convertirnos en otra persona de nuestra elección, en el bueno o en el malo de la novela, sin riesgo de que nos metan en la cárcel por ello.

A la fluidez y al inmejorable estilo de los autores, hay que añadir todavía otra virtud: la capacidad de sorprendernos. Nos pasaremos las ochocientas páginas de la novela (que, hay que decirlo, se pasan demasiado rápido para desgracia del lector que está disfrutando y empapándose de la historia…) con la boca abierta, unas veces por la intensidad de la acción, otras por la rapidez con la que ocurre todo, otras por la dureza de algunos acontecimientos especialmente cruentos pero, la mayoría de las veces, se deberá a la sorpresa. Se podría decir que son pocas las veces que intuimos lo que va a pasar. Sospecharemos de todos pero es casi imposible que acertemos quién es el verdadero asesino de Lidia Naveira. Y no sólo eso: las sub-tramas dan unos giros increíbles pero no por ello menos reales y cuando creíamos que estábamos esclareciendo los crímenes, aparecen más y más elementos que vuelven la historia más apasionante si cabe.

Crímenes exquisitos, ya os lo anunciábamos al principio de la reseña, tiene todo para gustar a cualquier tipo de lector, interesado o no por los thrillers. Rapidez en el estilo, personajes muy bien matizados, sorpresas a raudales y esa capacidad de enganchar al lector, de hacer que esté pegado al libro hasta el punto de acabar con dolor de muñecas de sujetar el libro, son los ingredientes ideales para que le hagas un hueco en tu estantería al que, consideramos, será el thriller del 2012. No se puede empezar el año de mejor manera…

Prueba de ello es el siguiente fragmento:

” Era hermosa, muy hermosa. A través del cristal del arcón congelador se veía el cuerpo pálido de la joven, cubierto de escarcha, como si se tratase de una Blancanieves de los hielos en su ataúd de cristal. No podía parar de mirarla. Estaba fascinado. Sentía una embriaguez amorosa que lo transportaba, como si su mente estuviese cautiva del opio o la morfina. Era una verdadera musa prerrafaelita, una Elizabeth Siddal perfecta, una belleza suspendida en el tiempo.

Le hubiese gustado tocarla de nuevo, acariciar su cabello, el pecho, fundirse con ella en el frío más absoluto. Pero no lo hizo. Era importante preservar la pureza de la muerte. Sin embargo, quedaba poco tiempo ya. Pronto sería liberada, entregada a la luz, al calor, a la descomposición inevitable. Pero mientras no llegase el instante de la despedida, disfrutaba de la visión de aquella belleza helada de cabello de fuego. Lástima que la muerte hubiese apagado el fulgor de los ojos verdes. No importaba, había gozado de ellos cuanto quiso antes de estrangularla. Se estremeció al recordarlo. Había sido perfecta, tan entregada, tan dulce y temblorosa… como una virgen de blanca castidad gimiente en el lecho nupcial”.(p.53).

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