Delitos con mucho arte

En comparación con otros países de nuestro entorno como Holanda, Francia o Suecia, España puede presumir de no haber sufrido robos de grandes piezas en sus museos —quizás el flanco más vulnerable ha sido tradicionalmente el patrimonio eclesiástico, debido a la falta de seguridad en muchas iglesias y parroquias del medio rural—. De hecho, el caso de la pequeña tabla de Sorolla «El santero de la cofradía», sustraída hace un año de la Casa-Museo Benlliure y recuperada recientemente, es el más llamativo registrado por la Brigada de Protección del Patrimonio Histórico de la Policía Nacional en la Comunidad Valenciana. Se han dado en este territorio muchos otros robos, pero principalmente en yacimientos arqueológicos desprovistos de sistemas de vigilancia adecuados.

Pero existen muchos otros delitos amparados en las fisuras del propio mundo del arte. En el circuito que relaciona a anticuarios, galeristas, marchantes, ferias y salas de subastas se dan numerosas oportunidades de negocio a través de falsificaciones, apropiaciones indebidas, exportaciones ilegales de patrimonio nacional y expolios. La desactualización del soporte legal de estos delitos y la levedad de las infracciones que éstos conllevan favorece su proliferación y justifica la existencia de la Brigada de Patrimonio Histórico, que desde hace 25 años tiene su sede en Madrid y está compuesta por 22 funcionarios, a la cabeza de los cuales está el inspector jefe Antonio Tenorio. Esta unidad policial cuenta además con delegados periféricos en las jefaturas provinciales y locales, así como delegados diocesanos, fundamentales en la resolución de delitos contra el patrimonio eclesiástico.

Una de las principales herramientas de trabajo en este tipo de investigaciones es la base de datos Dulcinea, que integra las fichas de todas las piezas artísticas robadas. Por lo demás, el «modus operandi» de esta Brigada se basa principalmente en la intuición y la experiencia de los agentes. Un asiento sospechoso en el libro de registro de un anticuario o la simple observación de una tabla con signos de haber sido arrancada de su lugar de origen puede poner a los policías en la pista de una pieza robada. En el caso de falsos certificados de autenticidad o de falsificaciones de obras, esta unidad especializada cuenta con un equipo de análisis de firmas, incluso de pigmentos y soportes. Su labor fue necesaria, por ejemplo, para la detención en abril de 2002 de cuatro personas, dos de ellas en Valencia, relacionadas con la comercialización de copias de cuadros de Sorolla, Velázquez, Goya, Pinazo y Benjamin Palencia, que vendían como originales a precios de entre 9.015 euros y 90.152 euros.

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