El largo adiós de Raymond Chandler

A 50 años de la muerte de uno de los fundadores de la novela negra.

Dicen que fue a Los Angeles lo que Dickens a Londres. Pulcro y preciso, construyó a un ícono del género: Philip Marlowe, el detective solitario y sentimental, siempre dispuesto a empinar un vaso de whisky, pero también a salvar a una mujer. Acá les contamos por qué es considerado uno de los mejores novelistas del siglo XX. Roberto Ampuero y Ramón Díaz Eterovic revisan su legado.

“Soy un bebedor ocasional, el tipo de hombre que sale por una cerveza y se despierta en Singapur con una barba de diez días”. Esta es una de las frases que Raymond Chandler, considerado uno de los escritores más prominentes de la novela negra, acuñó a lo largo de su tardía carrera. Y con la que también graficó la relación amor-odio que siempre mantuvo con el licor.

El 26 de marzo se cumplen 50 años de su muerte. Y en Los Angeles, Estados Unidos, ciudad donde situó las correrías de Philip Marlowe, arquetipo del detective solitario, contemplativo y sentimental, que creó, a fines de los 30, realizarán una serie de ponencias sobre el autor. Se espera que este año haya otras conmemoraciones dedicadas a su figura.Nacido en Chicago en 1888, Chandler se crió en Londres, Inglaterra. Tenía 18 años cuando publicó sus primeros poemas (de calidad menor, según la crítica) en “Westminster Gazette”.

Consciente de que no podría hacer una carrera literaria en Gran Bretaña, regresó a su país, en 1912, y se las arregló para editar 27 poemas y su primer relato, “The rose-leaf romance”. A los 36 años, tras haber participado en la Primera Guerra Mundial, se casó con Pearl Cecily Pascal, una mujer 18 años mayor, que aparentaba mucho menos y que sería clave en su vida. Para mantener su nuevo hogar, Chandler trabajó en un banco en San Francisco, escribió para el “Daily Express” y fue bibliotecario en una fábrica.

Eran los tiempos de la depresión, y al entonces funcionario lo despidieron por beber y ausentarse de sus funciones. Esa patada en el trasero lo empujaría a su verdadera vocación. Comenzó a escribir historias para Black Mask, publicación pionera de “pulps”, en 1933, cuando tenía 45 años. Entonces ya estaba obsesionado con la búsqueda de la perfección y desplegaba uno de sus talentos: crear emoción a través de la descripción y los diálogos, con una exactitud sólo equiparable a la de otros dos grandes: William Faulkner y Ernest Hemingway.

“Como Dashiell Hammett, sacó la novela policial del salón a la calle, desarrolló un estilo sobrio y elegante, de la palabra justa en la frase precisa”, afirma Roberto Ampuero, representante chileno del género. ”Se interesó por la novela como forma de goce estético y de conocimiento de la sociedad, porque pensaba que los poderosos de la política y la economía se ocultan detrás de máscaras y leyendas retocadas para ejercer el poder”.

Para Ramón Díaz Eterovic, otro cultor local de los policiales, “por sobre todas las cosas, Chandler enseñó que a partir de los códigos de la novela negra se puede escribir buena literatura, a secas, más allá de cualquier etiqueta que se le ponga. Sabía que estaba haciendo una literatura que iba a perdurar y que se leería en el futuro como un verdadero clásico”.

El narrador estadounidense sólo publicó 7 novelas y 24 cuentos cortos en toda su vida. Pero con eso bastó para que se perpetuara como quien elevó la estatura de la “ficción criminal”, dedicada antes a la resolución de casos, sin un interés profundo en las relaciones humanas.

De paso, contribuyó a delinear el cine negro, con diez obras de su autoría llevadas al celuloide. Allí, actores como Humphrey Bogart, Dick Powell, Robert Mitchum, James Garner y James Caan, encarnaron a su héroe, Philip Marlowe.Especie de alter ego, el agente Marlowe, siempre provisto de diálogos chispeantes, es un agudo observador de 38 años, honorable y con educación universitaria. Alto, con ojos grises y mandíbula férrea, escucha música clásica, ama la poesía y el ajedrez, bebe y fuma.

“Creo que podría seducir a una duquesa y estoy seguro de que no lastimaría a una virgen”, decía Chandler sobre él en su celebrado ensayo “El simple arte de matar” (1950).

Hollywood maldito

“Killer in the rain” (1938), el cuarto relato de Chandler para Black Mask, daría origen a “El sueño eterno” (1939), su primera novela. La historia de un millonario que contrata a Marlowe para que rescate a su hija de un chantaje sedujo a Howard Hawks, en 1946. Éste la filmó con Bogart y Lauren Bacall, y con Faulkner a cargo de la adaptación.El propio Chandler trabajó en Hollywood (un mundillo que detestaba) como guionista. Junto al director Billy Wilder, coescribió “Pacto de sangre” (1944), versión de la novela de James Cain. ”Una dolorosa colaboración”, en palabras de Wilder, quien no soportó la afición de Chandler por el humo ni por los cócteles, a mediodía. Con Alfred Hitchcock no le fue mejor. Juntos se concentraron en “Extraños en un tren” (1951), basada en la novela de Patricia Highsmith, pero el director terminó por poner a otro guionista en su lugar. De todos modos, Chandler consiguió su segunda nominación a los Oscar (la primera fue por “La dalia azul”, de 1946), con Verónica Lake y Alan Ladd.

Adiós, muñecas

“No hay trampa más mortal que la que se prepara uno mismo”. Así reflexiona el detective de Chandler en “El largo adiós”(1954), su última novela, sobre la fidelidad y los límites de la amistad. Y donde, según los entendidos, se hace más contundente su relación con Los Angeles, una ciudad que lo maravillaba y agobiaba al mismo tiempo. Ya decía en “La hermana pequeña”(1947): “Hace mucho tiempo, solía gustarme este pueblo. Era sólo un lugar enorme y seco con casas feas y ningún estilo, pero pacífico y de buen corazón”. Y en “Adiós, muñeca” (1940) habla de un sitio “perdido, abatido y lleno de vacío, con menos personalidad que un vaso de papel”.

Biógrafos como Frank McShane (“La vida de Raymond Chandler”, 1976) subrayaron la mezcla de dureza y sentimentalismo presentes en su trabajo, y cómo esa sensibilidad hizo que el escritor alcanzara sus visos más rutilantes, a la par de hacerlo miserable como ser humano”. Algo que se profundizó, al final de su vida. Justo después de que se publicó “El largo adiós”, su mujer murió de una fibrosis pulmonar. Esto lo devastó. Preso del alcohol y la depresión, Chandler zarpó a Inglaterra, al borde del suicidio. Allí conoció a Helga Greene, su agente literaria, a quien le propuso matrimonio en su cama de hospital, antes de morir de neumonía, en marzo de 1959.

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