Entrevista con José Antonio García-Andrade

No le mintió el cuerpo sin vida de Rafi Escobedo, en el que encontró restos de cianuro que demostraban que la muerte no se había producido por ahorcamiento (y por lo tanto no había sido un suicidio), sino por envenenamiento, llevado a cabo, según su teoría, por una mafia organizada. Ni tampoco el del guineano Antonio Fonseca, fallecido en la comisaría de Arrecife, Lanzarote, por un golpe en la carótida y no por “muerte natural”, como afirman los otros dos forenses que han trabajado en el caso. Con los vivos, la historia es otra.

En estos días está viendo, a petición de la defensa, a José Rabadán, el joven murciano de 17 años que mató en abril del pasado año a sus padres y a su hermana con una catana. En realidad, es lo primero que comenta en la barra de la cafetería cercana a su despacho donde nos encontramos a eso de las doce de la mañana. Es evidente que es asiduo. El camarero le llama por su nombre y le pregunta si va a tomar “lo de siempre”. Pide un whisky con agua y, sin más preámbulo que un largo trago, se lanza a relatar sus impresiones acerca del caso que le ocupa. Tras un primer contacto con el chico, tuvo la convicción de que no estaba ante un criminal calculador y sangriento, sino ante un enfermo. Las pruebas posteriores confirmaron su intuición: tiene lo que se denomina en jerga médica un “foco epiléptico”, bajo cuyos efectos cometió los asesinatos que se le imputan. “Eso es más que suficiente para entender sus crímenes. Vivió todo lo sucedido como si no fuese propio. Se preguntaba: `¿Qué me ha pasado?’. Cuando se lo expliqué se serenó bastante porque comenzó a entenderlo todo. Le dije que no era un asesino. No es responsable de lo que hizo. Aún así, le espera una vida muy mala, porque será para siempre el asesino de la catana”.

La exposición pública de sus conclusiones volverá a sacar a la palestra uno de los problemas a los que se enfrenta el sistema judicial español: ¿qué hacemos con los enfermos mentales que comenten delitos? “En el sistema norteamericano sí hacen caso a los peritos, mucho más que en el español”, reconoce sin rastro aparente de resquemor. “Un caso que me cabreó mucho fue el de Zacarías, un hombre que mató a su mujer, a su suegra y a su hija. A pesar de que dije que era un enfermo, un paranoico, le condenaron a 90 año. Los jueces no saben qué hacer con los locos y lo solucionan diciendo que son psicópatas y enviándolos a la cárcel. El problema que van a tener con el chico de la catana va a ser increíble, porque hay una gran presión social para que se le castigue, la misma que hubo con el crimen del rol. Su autor, Javier Rosado, es un esquizofrénico de libro y así constó en mi informe, pero pesó más el criterio de que era un psicópata”.

Toda su vida ha girado en torno a la búsqueda de las motivaciones del delito. En su lúcida mente se archiva la más variada tipología de criminales que se pueda imaginar: sádicos, violadores, asesinos en serie, psicópatas… “Se tiende a confundir a este último con el enfermo mental y no tienen nada que ver”, aclara. “El psicópata es difícil de recuperar mediante tratamiento. Es como ser chato. El que lo es, lo será toda su vida, no se puede evitar. Son personas que conocen los valores, pero que no adaptan su conducta a ellos. Hoy sólo se aplica este término al asesino desalmado que actúa con una frialdad propia de un estado hipnótico. Si es delincuente, algún tipo de institución debe controlarlo, pero hay muchos que no lo son. Por ejemplo, los que salían en programas como Tómbola. El más frecuente era el psicópata con afán de notoriedad que decía cualquier cosa sobre su intimidad con tal de ser el niño del bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro”, explica con una media sonrisa.

Un crimen que alcanzó cierta repercusión a finales de los años 40 le convenció de que lo suyo era la forensía: una mujer apareció en la vía del tren totalmente destrozada. Los forenses, pese a los destrozos, descubrieron que se le había practicado un aborto clandestino. Al final resultó que se había desangrado durante la operación y la habían lanzado allí para simular un suicidio. “Aquello me fascinó”, reconoce. “Era una profesión que estaba entre lo científico y lo detectivesco y decidí especializarme. El forense debe tener una curiosidad insaciable por saber. En el fondo, es un cotilla”. Su contacto con la medicina se había producido mucho antes, en un pequeño sanatorio que su padre, cirujano, dirigía en el centro de Madrid. Allí tuvo su primer contacto con los muertos. “Tendría unos once años. En una ocasión tuve que ayudar a mi padre a trasladar un cadáver. Me pareció frío…”, recuerda con un tono de voz ya casi inaudible. “La clínica era pequeña, tenía unas 20 o 30 camas. Entonces no existían los hospitales como La Paz, que es un monstruo. Y digo monstruo porque yo siempre he sido enemigo de los macrohospitales, porque distorsionan la relación entre médico y paciente. Hoy el médico ha dejado de ser una persona próxima a nuestro dolor para convertirse en un ser eficaz. Yo no sé si eso es bueno o malo, pero creo que la relación entre médico y paciente es algo que hay que volver a reconquistar para evitar los efectos negativos de la masificación”.

Antes de comenzar la carrera de Medicina, durante su juventud, ya había descartado dedicarse a lo que fue su primera y frustrada vocación: la pintura. “Creo que me viene de mi abuelo, que fue el clásico pintor bohemio hasta que se casó. Pobre hombre… No porque se casó, sino porque tuvo que abandonar su vocación para ser funcionario de Hacienda. Murió muy joven, claro… A mí lo que me pasó es que llegué a la conclusión de que como artista no iba a llegar a nada mientras que, como médico, había alguna posibilidad. Abandoné los pinceles y nunca más los he vuelto a coger. Es algo que no me puedo tomar como un hobby. Me tenía que dedicar en cuerpo y alma a ella o dejarla por completo”. No se arrepiente de su decisión. Hoy es uno de los forenses más prestigiosos y veteranos del país. Una de sus tres hijas, Carmen, sigue sus pasos, y quizá alguno de sus 13 nietos haga lo mismo.

“Hay muchos psicópatas que no son criminales, por ejemplo los que salían en programas como “tómbola”. El más frecuente era el psicópata con afán de notoriedad que decía cualquier cosa sobre su intimidad con tal de ser el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro”

 

Su pequeño despacho-consulta, “un santa sanctorum que no puede ser alterado por el ordenador” es, aparentemente, tan sobrio como su propietario. Ocupa un sillón tras un ordenado escritorio, de espaldas a un ventanal por el que entra una tenue luz. Supongo que es enfrente, precisamente donde me siento, donde suelen acomodarse sus pacientes. Efectivamente: cuando una llamada de teléfono interrumpe la charla, sale a relucir su sentido del humor y responde: “Disculpa, ¿te puedo llamar más tarde? Es que estoy con un enfermo…”. En la estantería que cubre una de las paredes, los libros de medicina, arte e historia dejan hueco a algunas fotos familiares y a Eva, una calavera que guarda en recuerdo de su primer destino como forense en Ibiza. “La saqué de un osario. Tenemos una relación cuasi amorosa y de vez en cuando hablo con ella, pero no pienses que estoy chalado…”. También encuentra aquí cobijo su colección de maternidades, de todos los estilos y materiales, que ha ido acumulando con el paso de los años: “Muchas veces las cuento, pero luego se me olvida cuántas tengo. Algún día, cuando me jubile de verdad, las clasificaré”.

La perspectiva de terminar definitivamente con su actividad profesional no le hace ninguna gracia, como tampoco le gustó que al cumplir los 65 le retiraran de su plaza de médico, cuando la oposición que ganó, con el número uno, por cierto, especificaba que podría ejercer hasta los 70. “La Administración me ha robado cinco años”, se queja con amargura. “Quizá fue debido a ese criterio absurdo del PSOE de pensar que los viejos somos de derechas…”. Aún así, sigue tratando pacientes en su consulta, realiza autopsias y valoraciones psiquiátricas a petición de alguna de las partes implicadas en los casos, escribe best-sellers como Lo que me contaron los muertos, recopilación de sus investigaciones más sonadas, y ejerce de profesor en la Facultad de Criminología de la Universidad Complutense de Madrid. De jubilado, nada.

Cuando sus alumnos, escalpelo en mano, deben enfrentarse por primera vez al trago de abrir un cuerpo, suele aconsejarles que “despeguen la piel desde el cogote y les tapen la cara con ella. Una vez que el individuo no tiene rostro es más fácil manipular a tus anchas”. Impresiona darse de bruces con la vertiente práctica de una profesión que necesita de tales argucias para cumplir con sus propósitos. Sin embargo, más allá de la frialdad científica imprescindible para hallar los secretos que esconde un cuerpo sin vida, García-Andrade muestra una humanidad desbordante, más propia del filósofo o del artista que del médico acostumbrado a lidiar con la locura y la muerte. “Soy un enamorado de la vida y creo en el hombre”, afirma convencido. “Soy un optimista con respecto al ser humano, aunque esté limitado por su naturaleza, por sus instintos, por su hambre. Todos podemos ser delincuentes. El crimen y la mentira son conductas típicamente humanas, pero los comportamientos violentos se compaginan con actitudes sublimes. Así de contradictorios somos todos”.

-¿También los políticos?
-Tengo una opinión muy pobre de ellos. Los líderes que tenemos me recuerdan al Viejo de la Montaña de la secta de los Haschaschim. Pienso: “Qué tíos, cómo intelectualizan el crimen, cómo se retroalimentan de sus fracasos”.

-Pero se supone que tenemos los representantes que nos merecemos…
-Eso seguro. Y también el terrorismo que merecemos. Es indignante que después de más de 20 años aún no haya una ley antiterrorista porque los políticos no han querido. Yo siempre digo una cosa que sienta muy mal y es que el terrorismo es muy rentable políticamente. Encima, tienes que oír tonterías y asistir al retorcimiento ideológico del que dice que hay que tratar lo mismo al maltratador que al etarra, cuando el primero es muchas veces un enfermo. Le preocupa el resultado de la investigación que ha iniciado a propósito de La patología de la libertad, su sexto libro, en el que se pregunta si el hombre es realmente libre a la hora de desenvolverse en el mundo. “Quiero creer en la libertad, pero me he encontrado con una serie de individuos cuyos actos me han hecho cuestionármela. No sé cuál será el resultado. Quizá me lleve un chasco y tenga que decir: `¡Qué coño libertad, si no he sido libre nunca!’”. El caso es seguir al pie del cañón. “Es que no estoy educado en el ocio”, reconoce. “Si no trabajara, a lo mejor me encontraría con un vacío enorme. Tengo miedo al deterioro físico e intento combatirlo leyendo y haciendo crucigramas. Trato de mantenerme al día para alejar los tres grandes fantasmas del hombre: la locura, la vejez y la muerte. Vi llegar la jubilación con un miedo enorme. Pensé: `¡Coño!, lo de sentarme al sol y limitarme a esperar es terrible…’”.

-¿No será que le aburre la rutina, la normalidad?
-¿Pero es que existe la normalidad?

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